Enseñar a “poner nombre” a las emociones, base de las habilidades sociales infantiles y adolescentes

Siguiendo a Russell A. Barkley, la impulsividad emocional es una de las características básicas del TDAH, las emociones están “a flor de piel”, existen problemas en la auto-regulación emocional y en aspectos ejecutivos relacionados con la moderación de las reacciones emocionales; aparecen la frustración, la impaciencia, la rabia, la hostilidad… en su estado más crudo.

Desde el octavo mes hasta el primer año de vida las emociones más puras se identifican por su expresividad, así en los bebés reconocemos alegría, enfado o rabia, miedo, tristeza, placer… Con la llegada de los dos años las emociones se vuelven más complejas y aparecen variantes de las anteriores como la vergüenza o derivaciones del afecto, por ejemplo, los celos. Cada niño es un ser único y su mundo emocional es muy variado, subjetivo y de múltiples componentes. Sobre los 3 ó 4 años empieza a relacionar y organizar sus emociones en categorías diversas. Entre los 4 y los 6 años los pequeños perciben que su conducta produce reacciones en los demás, entonces comienzan a controlar sus impulsos para terminar consiguiendo una mayor estabilidad emocional e iniciarse en el desarrollo de la conducta moral, a partir de estas edades comienza el desarrollo pleno de la inteligencia emocional.

 ¿Cómo podemos contribuir al desarrollo emocional de los niños durante estos primeros años?

  • Incorporando en el juego variantes emocionales
  • Comprendiendo sus narraciones imaginarias
  • Conversando sobre las emociones que experimentan las personas
  • Escuchando sus preguntas y dudas emocionales con afectividad y cierto
  • grado de empatía
  • Observando ante qué emociones se sienten más incómodos
  • Animándoles a hablar y a expresar sus sentimientos
  • Aportándoles seguridad y confianza
  • Mostrándoles alternativas para canalizar la rabia, la agresividad y el
  • miedo

Es importante encauzar las emociones de los pequeños para llegar a un autocontrol emocional acompañado de inteligencia y vinculado a valores sociales y morales.

La importancia de una buena Educación Emocional, la expresión de los afectos

Cuando las pautas básicas válidas para la expresión del afecto no se desarrollan, los pequeños quedan atrapados en su mundo emocional. Los niños necesitan unas bases mínimas para sentirse seguros y confiados en sí mismos; una adecuada educación que fomente su inteligencia emocional les permitirá canalizar esas emociones en estado puro, reelaborarlas y mostrarlas a los demás.

Podemos definir la inteligencia emocional como “la capacidad para supervisar los sentimientos y las emociones de uno mismo y de los demás, de discriminar entre ellos y de usar esta información para la orientación de la acción y el pensamiento propios” (Salovey y Mayer. 1990). Cuando educamos no solamente podemos trabajar con los conocimientos, se hace imprescindible el tratamiento de la emoción para completar el proceso global de aprendizaje.

Siguiendo las pautas de “Inteligencia Emocional: el secreto para una familia feliz” (Dirección General de la Familia, Comunidad de Madrid. Colección Guías) encontramos algunas herramientas enriquecedoras para educar a nuestros hijos en inteligencia emocional:

  • Acostumbrarse a hablar de emociones: Es importante expresar algo más que los hechos cotidianos, es decir, considerar los pensamientos, las interpretaciones de lo que ocurre y los sentimientos vivenciándolos aportarán mayor naturalidad en el seno de la familia.
  • Enseñar a identificar las emociones y ponerles nombre: Cualquier situación es una oportunidad nueva para enseñar a nombrar emociones. De esta manera, el vocabulario a la hora de expresar emociones se enriquece y se concretan los sentimientos. La familia mejora sus relaciones y toma una mayor conciencia como núcleo del estado de cada miembro.
  • Evitar realizar juicios acerca de las emociones del otro: Es preciso darse cuenta desde el ámbito familiar como primer agente socializador que los sentimientos no pueden ser utilizados como elementos de valoración de las personas y diferenciarlos de las conductas.

Cuando trabajamos con el sistema Play Attention debemos tener en cuenta que las personas con trastornos de atención suelen presentar dificultades sociales, y su problema les afecta en su vida diaria, encontrándose más dificultades para hacer y mantener amigos.

Con un apoyo básico en habilidades sociales, pueden aprender a identificar, reconocer y responder adecuadamente ante los retos y las pistas sociales. Esto les dará la base para hacer y mantener amigos.

Os invitamos a conocer el juego SOCIAL SKILLS

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